martes, 8 de septiembre de 2015

Lupoides

Recomendación: este cuento no es apropiado para niños ni para personalidades sensibles con respecto a sexo entre distintas especies animales, drogas, enanos o leche achocolatada.


Estábamos en una fiesta de electrónica.
No estábamos drogados.
Estoy en contra de las drogas.
Necesitábamos que pasaran cosas o íbamos a caer desplumados en algún sillón como el loro muerto de un pirata derrotado por un escuadrón de hadas madrinas.
Era evidente que en la emanación de vibración sin sentido que retumbaba esa noche en aquel hotel de lujo no había nada de interesante. Los allí presentes estaban viviendo otra realidad paralela y solo sus cuerpos como testigos de una sociedad en decadencia habían concurrido al lugar de los hechos cual manada de zombies ebrios, para otorgarse alguna especie de prestigio, para nosotros, simples mortales, aún desconocido.
Ni en la más loca de las ocurrencias podía ser válido que alguien mentalmente allí presente estuviera sintiendo alguna cosa que se asemejara al menos un poco a la diversión. De repente unos globos gigantes fueron lanzados desde los balcones interiores que daban a la pista de bailes, todos los zombies se movían en “slow motion” tratando de tocar alguno de los coloridos globos gigantes como si se tratara de un juego de vóley entre retardados, con el respeto que estos me merecen. Fui ahí cuando entendí todo. No era la única que había pensado que para que aquello fuese divertido deberían de pasar cosas. Seguramente quienes organizaron la fiesta y ahora veían a las masas chocarse lentamente en un ritmo que nada tenía que ver con la pujante música que embebía el lugar habían tenido la misma idea, que pasaran cosas.
Vi a mis amigos en un intento desesperado de obtener un sorbo del zumo sagrado de la diversión a cualquier costa, aunque fuera empujando a algunos drogados para tocar un maxiglobo y así jugar un vóley más agitado entre la banda de los mentalmente presentes y hasta los vi reírse desacatados como si aquella situación, en cualquier otro momento ruinosa, fuera la más extasiante del mundo y recapacité, tenía que empujar empastillados y sumarme a la aborajine, porque eso era probablemente lo más parecido a la diversión que íbamos a tener aquella noche.
Mientras el tiempo transcurría sin que nada interesante sucediera medité acerca de la fiesta y las “cosas” que podrían hacer para mí que se volviera realmente épica si tuviera que mantener a los zombies adolescentes en ella y la vibración sin sentido como telón de fondo y cabe aclarar que me gusta la música electrónica, pero créanme, aquello no calificaba de música. Entonces comencé a imaginarme como levantar ese viernes en el hotel más pomposo de la capital y en la fiesta más aburrida que se puedan imaginar.
En primera instancia para haber roto la monotonía de esa fiesta en vez de utilizar los balcones que daban a la pista para tirar globos de colores, hubiera localizado en ellos enanos negros con un exacerbado gusto por las demostraciones sexuales en público, que en determinado momento todos sincronizados al unísono y al son de la estridente música se masturbaran para las masas. Esto tendría como resultado una lluvia de leche chocolatada sobre la pista de baile con lo cual el que quisiera podría abrir la boca mirar las arañas de cristal que impresionantemente colgaban del techo y desayunar un “lactolate orgánico”. Así realmente me hubiera despabilado del letargo por adormecimiento mental que estaba pasando en ese momento, como para realmente decir: ¡a partir de ahora todos despiertos que arranca la fiesta!
En un momento de extrema necesidad de movimiento neuronal fuimos a dar una vuelta por el interior del hotel y comenzamos a ver un exceso de coreanos, nos miraban extraño, casi como aves de presa, por lo cual rápidamente volvimos a la fiesta y la primera imagen al entrar al gran salón donde nada pasaba fue ver a un chico con una camisa hawaiiana y actitud veraniega, a pesar de estar en pleno mes de julio. Nuevamente tuve una visión. Otro acontecimiento que podría sacudir la noche.
Si apareciera un marinero coreano en la fiesta con un perro-loro.
El perro-loro, sería una nueva especie genéticamente manipulada por los chinos, con las características físicas de un perro en su mayor parte pero la cabeza de un loro, motivo por lo cual pueden desarrollar la habilidad del habla pero tener el tamaño y la destreza de un canino, el compañero ideal para todo marinero de aguas profundas.
Volviendo al asunto, el marinero coreano y su perro-loro, gentileza de sus primos los chinos, en mi teoría deberían subir al escenario y sacarle por un momento el trono al aburrido dj, invitando a todo el público presente a seguir la fiesta en su barco que en minutos estará zarpando a Hawaii y ahí mismo repartir collares hawaiianos y salvavidas ya que para llegar al barco habría que hacer un par de kilómetros a nado entre los contenedores del puerto montevideano. Pero las masas huyendo del pánico al futuro aburrimiento los seguirían y se lanzarían al agua.
Es ahí cuando aparece una gran manada de perros-delfines, esta nueva especie deviene de un error en las cruzas generadas por los argentinos al querer crear el “bulldog-porteño”. No les parecía justo que existiera el bulldog inglés, el ahora tan popular bulldog francés y que no tuviera vida aún el bulldog argentino. Pero como el presupuesto no estaba para abrir nuevos laboratorios se tuvieron que conformar con un galpón abandonado en Mundo Marino, lo que nunca se imaginaron fue que los delfines y los perros iban a tener tanto feeling y ahí fue que nació el “bulldog-porteño” cabeza de bulldog francés y cuerpo de delfín, increíble el chiquitín.
Los “bulldog-porteños” llevaron a los zombies como gacelas a propulsión hasta el barco de los coreanos. Basta con imaginarse sus para nada gráciles cuerpos desplazándose por el agua al auxilio de los humanos a los cuales tomaron con sus dientes de sus costosas ropas de fiesta y remolcaron por las barrosas aguas de la zona portuaria del Río de la Plata. Todo un espectáculo de amor, compasión y bizarrees.
Pero esto no fue lo más extraño de mi noche alternativa, esa noche mágica que solo sucedía en mi mente tenía que tener un toque final.

Al llegar al barco sería obligatorio encontrarnos al resto de la tripulación coreano enfiestada con sirenas travas, si, sirenas travestis, sirenas con bulto y fue ahí donde en el mundo real, en la noche de viernes aburrida en el hotel lujoso empecé a reírme a carcajadas, sola parada en la pista sin bailar y mi amigo Ton me preguntó: ¿Qué te pasa? ¿Te dieron algo? ¿Estás drogada? 

Dedicado con cariño a Ton, Flor y Marce. 


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Del desierto al ártico

Homenaje a mi bolsa de agua caliente

Por momentos temblaba y de un instante al otro un calor ardiente se apoderaba de mi cuerpo  y me movía entre las frazadas buscando escapar como si se tratara de arena movediza.  Cuando lograba salir de aquella masa amorfa, toda sudorosa y agitada, nuevamente el gélido frío que me penetraba hasta los huesos, y así en repetidas ocasiones iba del desierto al ártico una y otra vez.
Esa noche no había cenado, todo el efectivo que tenía en la billetera se había ido en mi visita al doctor y la bolsa de medicamentos que había tenido que arrastrar junto a mi cuerpo  para internarme en las alturas 4 días, más allá de la prescripción médica del reposo por las yagas y la infección en la garganta, físicamente era cuasi imposible despegarme de la cama. Sin cash para un delivery, sin minutos en el celular y sin posibilidades físicas de ir a la cocina, revolver en los armarios y generar alimentos, decidí que me metería a la cama sin más y que al día siguiente vería como esta Rapunzel sin príncipe lograba un rescate.
Las primeras horas fueron entre dormida con una somnolencia confusa digna de catalogarse surrealista, donde mis pensamientos desconectados del mundo material encontraban vida en alguna parte oculta del inconsciente y se confundían con los sueños. Por momentos creía estar por levantarme para irme a facultad pero dentro de ese mismo pensamiento algo ilógico ocurría. Un payaso haciendo malabares entraba en mi habitación y me decía que en la facultad habían instalado un circo y por eso hoy no habría clases que siguiera durmiendo, y como si todo aquello fuera normal le agradecía al payaso y pasaba a otra ensoñación. Luego creí atender el teléfono y oír a mi madre avisarme de que había una invasión de marcianos y que estaban regalando helados en la calle a todos los terrícolas de pelo lacio, pero que no fuera porque los helados eran Conaprole de los de litro y tenían mucho gusto a cartón que no valía la pena y cortaba con ella como si aquella noticia no me sorprendiera y volvía a dormirme, ya que evidentemente a pesar de tener pelo lacio igual que mi madre, no iba a molestarme en bajar a la invasión marciana si los helados que repartían sabían a cartón, era algo lógico.
 Luego me pareció fehacientemente que mi perro entraba al cuarto de traje y me decía que lamentaba no quedarse en casa esa noche pero que Lady Gaga lo había contratado para que manejara su limusina  hasta el teatro de verano donde sería su próximo recital, que no lo hacía por el dinero, que lo entendiera, que todo era para juntar fondos para salvar a los pingüinos empetrolados. Lo que me causaba curiosidad de la situación no era mi perro hablando, ni el hecho de que supiera manejar, ni Lady Gaga dando un show de beneficencia en el teatro de verano, sino ¿cómo y dónde se habían empetrolado los pingüinos? Fue ahí cuando el cuadrúpedo me lo explicó todo con total coherencia, había una competencia de barquitos de papel en el lago del Parque Rodó, justo unos pingüinos que se habían desviado de su ruta habitual estaban pasando el invierno en una de las islas y chapoteaban en el lago, las garzas que venían muy placidas por su camino de siempre al ver a los enanos de traje se asustaron tanto que sus aleteas generaron un tsunami para los barquitos de papel, que al chocar unos contra otros volcaron el petróleo que tuvo consecuencias fatales para los pobre pingüinos. Dados los hechos Lady Gaga sensibilizada por la causa se dignó a venir a Montevideo  y mi perro Timoteo sería el chofer de su limusina por esa noche. Lógico.
Así pasaban las horas del desierto al ártico y de un cuadro de Dalí a otro.
En casa además de no haber alimentos en estado digno de ser consumidos, las reservas de agua eran mínimas, menos de 500ml que entre pastilla y pastilla duraron menos que un suspiro. Problemas con el tanque de agua del edificio me advertían aun en el más severo de las delirios que  no debía consumir agua del grifo, pero la sed era inmensa, la garganta seca, las yagas al rojo vivo de un fuego intenso que parecía no querer apagarse y la fiebre que hacía estragos con mi cuerpo me daban a pensar que necesitaba consumir agua urgente.
Evalué mis opciones, no eran muchas, era de madrugada, estaba encerrada en la torre, sin minutos en el celular, aunque perdiera la misericordia por mis amigos y pensara en recurrir a alguno de ellos dudaba que lograra comunicarme y menos aún que llegara hasta planta baja a abrir la puerta de entrada al edificio, atravesar el jardín y abrir la reja, sin duda ese plan no era factible. Tomar agua de la canilla aunque peligrara intoxicarme, ¿Qué sería peor la intoxicación o la deshidratación? Se me ocurrió googlearlo y comparar mis opciones, pero descarte prontamente esa estrategia, algo mejor tenía que ocurrírseme. Entonces tuve un momento de iluminación, la idea que solucionaba todos mis problemas, ¡el plan perfecto!

Mi cuerpo mutante e inestable no me permitiría una exitosa salida de la balsa salvavidas en la que se había transformado mi cama, podía ser potencialmente peligroso tratar de pisar tierra firme y desmayarme sin llegar jamás a la isla prometida, pero aquí mismo estaba el equipo de sobrevivencia, justamente a mis pies. La bolsa de agua caliente. Si, la bolsa de goma maloliente en que mis piecitos se habían refregado toda la noche hasta extraerle la última gota de calor y ahora contenía agua casi fría y un detalle para nada menor, ¡hervida! Descubierta esta maravilla la tomé entre mis pies y en una maniobra casi atlética con la música de “we are the champions” resonando en mi mente y esa sensación de éxito que se aproxima mientras la adrenalina del triunfo corría por mi cuerpo sediento de gloria, acerqué la bolsa a mí, la tuve en mis manos cual si fuera la copa del mundo y en un acto heroico desenrosqué el tapón de plástico como si estuviera descorchando una champaña, puse la goma en contacto con mis labios y le di un primer beso apasionado, el sabor penetrante a plástico hervido y la sensación única del agua con gusto a goma que me devolvió la vida al pasar por mi garganta. ¡Gracias bolsa de agua caliente! Tus infinitas funciones te hacen digna de homenaje porque no solo calientas mis pies en las noche de invierno, hidratas mi cuerpo en las noches de fiebre y es en las horas difíciles que más te valoro mi infaltable, insustituible y fiel bolsa de agua caliente. Un calienta camas no podría hacer esto por ti, medítalo y volvé sin dudar a la de siempre, a la fiel e insustituible bolsa de agua caliente. 



martes, 1 de septiembre de 2015

Lo que ella no sabe

Iban por el parque impulsados por una especie de fuerza mágica, de impulso casi inconsciente.
Ella sumida en sus pensamientos, él tripulando la nave que lo llevaba a descubrir el mundo.
El lago parecía observarlos inocuo, como si todo lo supiera y nada le importara.
Los sauces, acariciados por la brisa del otoño, peinaban las ideas que una a una iban sucediéndose en la mente de aquellos pasajeros de efímera existencia.



¿Porque en el cochecito? ¡No tía no! Siempre lo mismo…no se da cuenta que no me gusta el cochecito… ¿ves todo el trabajo que te da meterme acá? Y esos cintos horribles que me atas...¡sacame tía! ¡sacame! Y acá estoy otra vez cansado de agitar los brazos y gritar hasta quedarme rojo… sé que si lo hago durante más de tres minutos cuarenta segundos me lleva a upa...es eso…solo tengo que aguantar gritar hasta que pasemos el lago y deja el cochecito y me upa... ¡Ahí no…me cansé...otra vez me ganó! Ella y su pedagogía...que no vea la tele, que no juegue con la tablet, que no esto, que no lo otro, me agita macaquitos de colores y cuando me aburro me sienta en el coche y me lleva al parque...así es mi tía, pero es linda cuando el viento le vuela el pelo y me divierto mucho cuando me explica cómo funciona el mundo... como si yo no lo supiera... si lo que ella no sabe es que yo ya lo sé todo, el único problema es que no se hablar y cuando aprenda todo lo que ahora se, se me va a olvidar…

Dedicado con amor a mi sobrino Alfonso