Recomendación: este cuento no es apropiado para niños ni para personalidades sensibles con respecto a sexo entre distintas especies animales, drogas, enanos o leche achocolatada.
Estábamos en una fiesta de electrónica.
No estábamos drogados.
Estoy en contra de las drogas.
Necesitábamos que pasaran cosas o íbamos a caer desplumados en
algún sillón como el loro muerto de un pirata derrotado por un escuadrón de hadas
madrinas.
Era evidente que en la emanación de vibración sin sentido que
retumbaba esa noche en aquel hotel de lujo no había nada de interesante. Los
allí presentes estaban viviendo otra realidad paralela y solo sus cuerpos como
testigos de una sociedad en decadencia habían concurrido al lugar de los hechos
cual manada de zombies ebrios, para otorgarse alguna especie de prestigio, para
nosotros, simples mortales, aún desconocido.
Ni en la más loca de las ocurrencias podía ser válido que
alguien mentalmente allí presente estuviera sintiendo alguna cosa que se
asemejara al menos un poco a la diversión. De repente unos globos gigantes
fueron lanzados desde los balcones interiores que daban a la pista de bailes,
todos los zombies se movían en “slow motion” tratando de tocar alguno de los
coloridos globos gigantes como si se tratara de un juego de vóley entre
retardados, con el respeto que estos me merecen. Fui ahí cuando entendí todo. No
era la única que había pensado que para que aquello fuese divertido deberían de
pasar cosas. Seguramente quienes organizaron la fiesta y ahora veían a las
masas chocarse lentamente en un ritmo que nada tenía que ver con la pujante
música que embebía el lugar habían tenido la misma idea, que pasaran cosas.
Vi a mis amigos en un intento desesperado de obtener un sorbo
del zumo sagrado de la diversión a cualquier costa, aunque fuera empujando a
algunos drogados para tocar un maxiglobo y así jugar un vóley más agitado entre
la banda de los mentalmente presentes y hasta los vi reírse desacatados como si
aquella situación, en cualquier otro momento ruinosa, fuera la más extasiante
del mundo y recapacité, tenía que empujar empastillados y sumarme a la
aborajine, porque eso era probablemente lo más parecido a la diversión que íbamos
a tener aquella noche.
Mientras el tiempo transcurría sin que nada interesante
sucediera medité acerca de la fiesta y las “cosas” que podrían hacer para mí
que se volviera realmente épica si tuviera que mantener a los zombies adolescentes
en ella y la vibración sin sentido como telón de fondo y cabe aclarar que me
gusta la música electrónica, pero créanme, aquello no calificaba de música.
Entonces comencé a imaginarme como levantar ese viernes en el hotel más pomposo
de la capital y en la fiesta más aburrida que se puedan imaginar.
En primera instancia para haber roto la monotonía de esa fiesta
en vez de utilizar los balcones que daban a la pista para tirar globos de
colores, hubiera localizado en ellos enanos negros con un exacerbado gusto por
las demostraciones sexuales en público, que en determinado momento todos
sincronizados al unísono y al son de la estridente música se masturbaran para
las masas. Esto tendría como resultado una lluvia de leche chocolatada sobre la
pista de baile con lo cual el que quisiera podría abrir la boca mirar las
arañas de cristal que impresionantemente colgaban del techo y desayunar un “lactolate
orgánico”. Así realmente me hubiera despabilado del letargo por adormecimiento
mental que estaba pasando en ese momento, como para realmente decir: ¡a partir
de ahora todos despiertos que arranca la fiesta!
En un momento de extrema necesidad de movimiento neuronal fuimos
a dar una vuelta por el interior del hotel y comenzamos a ver un exceso de
coreanos, nos miraban extraño, casi como aves de presa, por lo cual rápidamente
volvimos a la fiesta y la primera imagen al entrar al gran salón donde nada
pasaba fue ver a un chico con una camisa hawaiiana y actitud veraniega, a pesar
de estar en pleno mes de julio. Nuevamente tuve una visión. Otro acontecimiento
que podría sacudir la noche.
Si apareciera un marinero coreano en la fiesta con un
perro-loro.
El perro-loro, sería una nueva especie genéticamente manipulada
por los chinos, con las características físicas de un perro en su mayor parte
pero la cabeza de un loro, motivo por lo cual pueden desarrollar la habilidad
del habla pero tener el tamaño y la destreza de un canino, el compañero ideal
para todo marinero de aguas profundas.
Volviendo al asunto, el marinero coreano y su perro-loro,
gentileza de sus primos los chinos, en mi teoría deberían subir al escenario y
sacarle por un momento el trono al aburrido dj, invitando a todo el público
presente a seguir la fiesta en su barco que en minutos estará zarpando a Hawaii
y ahí mismo repartir collares hawaiianos y salvavidas ya que para llegar al
barco habría que hacer un par de kilómetros a nado entre los contenedores del
puerto montevideano. Pero las masas huyendo del pánico al futuro aburrimiento
los seguirían y se lanzarían al agua.
Es ahí cuando aparece una gran manada de perros-delfines, esta
nueva especie deviene de un error en las cruzas generadas por los argentinos al
querer crear el “bulldog-porteño”. No les parecía justo que existiera el
bulldog inglés, el ahora tan popular bulldog francés y que no tuviera vida aún
el bulldog argentino. Pero como el presupuesto no estaba para abrir nuevos
laboratorios se tuvieron que conformar con un galpón abandonado en Mundo
Marino, lo que nunca se imaginaron fue que los delfines y los perros iban a
tener tanto feeling y ahí fue que nació el “bulldog-porteño” cabeza de bulldog francés
y cuerpo de delfín, increíble el chiquitín.
Los “bulldog-porteños” llevaron a los zombies como gacelas a
propulsión hasta el barco de los coreanos. Basta con imaginarse sus para nada gráciles
cuerpos desplazándose por el agua al auxilio de los humanos a los cuales
tomaron con sus dientes de sus costosas ropas de fiesta y remolcaron por las
barrosas aguas de la zona portuaria del Río de la Plata. Todo un espectáculo de
amor, compasión y bizarrees.
Pero esto no fue lo más extraño de mi noche alternativa, esa
noche mágica que solo sucedía en mi mente tenía que tener un toque final.
Al llegar al barco sería obligatorio encontrarnos al resto de la
tripulación coreano enfiestada con sirenas travas, si, sirenas travestis,
sirenas con bulto y fue ahí donde en el mundo real, en la noche de viernes
aburrida en el hotel lujoso empecé a reírme a carcajadas, sola parada en la
pista sin bailar y mi amigo Ton me preguntó: ¿Qué te pasa? ¿Te dieron algo? ¿Estás
drogada?
Dedicado con cariño a Ton, Flor y Marce.

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