miércoles, 2 de septiembre de 2015

Del desierto al ártico

Homenaje a mi bolsa de agua caliente

Por momentos temblaba y de un instante al otro un calor ardiente se apoderaba de mi cuerpo  y me movía entre las frazadas buscando escapar como si se tratara de arena movediza.  Cuando lograba salir de aquella masa amorfa, toda sudorosa y agitada, nuevamente el gélido frío que me penetraba hasta los huesos, y así en repetidas ocasiones iba del desierto al ártico una y otra vez.
Esa noche no había cenado, todo el efectivo que tenía en la billetera se había ido en mi visita al doctor y la bolsa de medicamentos que había tenido que arrastrar junto a mi cuerpo  para internarme en las alturas 4 días, más allá de la prescripción médica del reposo por las yagas y la infección en la garganta, físicamente era cuasi imposible despegarme de la cama. Sin cash para un delivery, sin minutos en el celular y sin posibilidades físicas de ir a la cocina, revolver en los armarios y generar alimentos, decidí que me metería a la cama sin más y que al día siguiente vería como esta Rapunzel sin príncipe lograba un rescate.
Las primeras horas fueron entre dormida con una somnolencia confusa digna de catalogarse surrealista, donde mis pensamientos desconectados del mundo material encontraban vida en alguna parte oculta del inconsciente y se confundían con los sueños. Por momentos creía estar por levantarme para irme a facultad pero dentro de ese mismo pensamiento algo ilógico ocurría. Un payaso haciendo malabares entraba en mi habitación y me decía que en la facultad habían instalado un circo y por eso hoy no habría clases que siguiera durmiendo, y como si todo aquello fuera normal le agradecía al payaso y pasaba a otra ensoñación. Luego creí atender el teléfono y oír a mi madre avisarme de que había una invasión de marcianos y que estaban regalando helados en la calle a todos los terrícolas de pelo lacio, pero que no fuera porque los helados eran Conaprole de los de litro y tenían mucho gusto a cartón que no valía la pena y cortaba con ella como si aquella noticia no me sorprendiera y volvía a dormirme, ya que evidentemente a pesar de tener pelo lacio igual que mi madre, no iba a molestarme en bajar a la invasión marciana si los helados que repartían sabían a cartón, era algo lógico.
 Luego me pareció fehacientemente que mi perro entraba al cuarto de traje y me decía que lamentaba no quedarse en casa esa noche pero que Lady Gaga lo había contratado para que manejara su limusina  hasta el teatro de verano donde sería su próximo recital, que no lo hacía por el dinero, que lo entendiera, que todo era para juntar fondos para salvar a los pingüinos empetrolados. Lo que me causaba curiosidad de la situación no era mi perro hablando, ni el hecho de que supiera manejar, ni Lady Gaga dando un show de beneficencia en el teatro de verano, sino ¿cómo y dónde se habían empetrolado los pingüinos? Fue ahí cuando el cuadrúpedo me lo explicó todo con total coherencia, había una competencia de barquitos de papel en el lago del Parque Rodó, justo unos pingüinos que se habían desviado de su ruta habitual estaban pasando el invierno en una de las islas y chapoteaban en el lago, las garzas que venían muy placidas por su camino de siempre al ver a los enanos de traje se asustaron tanto que sus aleteas generaron un tsunami para los barquitos de papel, que al chocar unos contra otros volcaron el petróleo que tuvo consecuencias fatales para los pobre pingüinos. Dados los hechos Lady Gaga sensibilizada por la causa se dignó a venir a Montevideo  y mi perro Timoteo sería el chofer de su limusina por esa noche. Lógico.
Así pasaban las horas del desierto al ártico y de un cuadro de Dalí a otro.
En casa además de no haber alimentos en estado digno de ser consumidos, las reservas de agua eran mínimas, menos de 500ml que entre pastilla y pastilla duraron menos que un suspiro. Problemas con el tanque de agua del edificio me advertían aun en el más severo de las delirios que  no debía consumir agua del grifo, pero la sed era inmensa, la garganta seca, las yagas al rojo vivo de un fuego intenso que parecía no querer apagarse y la fiebre que hacía estragos con mi cuerpo me daban a pensar que necesitaba consumir agua urgente.
Evalué mis opciones, no eran muchas, era de madrugada, estaba encerrada en la torre, sin minutos en el celular, aunque perdiera la misericordia por mis amigos y pensara en recurrir a alguno de ellos dudaba que lograra comunicarme y menos aún que llegara hasta planta baja a abrir la puerta de entrada al edificio, atravesar el jardín y abrir la reja, sin duda ese plan no era factible. Tomar agua de la canilla aunque peligrara intoxicarme, ¿Qué sería peor la intoxicación o la deshidratación? Se me ocurrió googlearlo y comparar mis opciones, pero descarte prontamente esa estrategia, algo mejor tenía que ocurrírseme. Entonces tuve un momento de iluminación, la idea que solucionaba todos mis problemas, ¡el plan perfecto!

Mi cuerpo mutante e inestable no me permitiría una exitosa salida de la balsa salvavidas en la que se había transformado mi cama, podía ser potencialmente peligroso tratar de pisar tierra firme y desmayarme sin llegar jamás a la isla prometida, pero aquí mismo estaba el equipo de sobrevivencia, justamente a mis pies. La bolsa de agua caliente. Si, la bolsa de goma maloliente en que mis piecitos se habían refregado toda la noche hasta extraerle la última gota de calor y ahora contenía agua casi fría y un detalle para nada menor, ¡hervida! Descubierta esta maravilla la tomé entre mis pies y en una maniobra casi atlética con la música de “we are the champions” resonando en mi mente y esa sensación de éxito que se aproxima mientras la adrenalina del triunfo corría por mi cuerpo sediento de gloria, acerqué la bolsa a mí, la tuve en mis manos cual si fuera la copa del mundo y en un acto heroico desenrosqué el tapón de plástico como si estuviera descorchando una champaña, puse la goma en contacto con mis labios y le di un primer beso apasionado, el sabor penetrante a plástico hervido y la sensación única del agua con gusto a goma que me devolvió la vida al pasar por mi garganta. ¡Gracias bolsa de agua caliente! Tus infinitas funciones te hacen digna de homenaje porque no solo calientas mis pies en las noche de invierno, hidratas mi cuerpo en las noches de fiebre y es en las horas difíciles que más te valoro mi infaltable, insustituible y fiel bolsa de agua caliente. Un calienta camas no podría hacer esto por ti, medítalo y volvé sin dudar a la de siempre, a la fiel e insustituible bolsa de agua caliente. 



2 comentarios:

  1. Ale es muy geniallll, la foto al final me mato, lo leí todo desde el celu, y cuando llegue a la foto dije... que creativa y como se las ingenia para sacar una sonrisa al lector, bueno unas cuantas. Esta salado escribir, no lo hace cualquiera, pero se que vos tenes un alma literaria innata.
    Me alegra mucho que la estés explotando, no le prives al mundo de tu don de escritura y como llegarle al público. Simplemente buenísimo.
    El Simbolismo que podes encontrarle a las cosas que pusiste, te da aunque no lo creas material para pensar y es de un modo humorístico algo que permitiría a más de uno empatizar, lo que es la mente humana!!

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    1. Gracias Vicky!!!! Muy buena tu visión! cuando uno mismo lo escribe es muy difícil saber que es lo que se está percibiendo del lado del lector y en realidad lo que se busca en mi caso es reflexionar sobre determinado asunto desde el humor y llevando la situación a la ironía. Porque si no fuera por vos amiga..hubiera muerto sin comestibles cuando tuve yagas en casa esa vez y las personas están perdiendo demasiado la empatía por el otro y la capacidad de ponerse en la situación de la otra persona, reflexionarlo desde lo irónico y lo extremo da para pensar sin perder el humor porque muchas veces no nos ponemos "en sus zapatos"

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